lunes, 8 de enero de 2018



HUMO, SUDOR Y HIERRO

Lo  primero que pensé al terminar de leer “El Ruta” es que tanto la novela como su autor, Fidel Vela, se mueven con una saludable independencia respecto de las modas literarias. Habrá quien diga que así se corre un riesgo innecesario (comercial, se entiende). Es posible, no lo sé. De lo que sí estoy convencido es de que esa independencia (de fondo y de forma) es sincera y propia de escritores maduros, con una cierta edad. Historias como ésta ─no autobiográfica, precisamente─ sólo pueden salir de la cabeza y el corazón de uno de esos escritores ─alejados del ambicioso apremio de la impaciencia juvenil─  que se deciden a contar lo que han vivido y conocen. Ya saben, tipos que jamás perderían el tiempo hablando de lo que lograrán ser cuando el mundo ruede de otra manera. 
“El Ruta”  es una novela sthendaliana  y responde fielmente a la definición que del género dio el genial autor de “El rojo y el negro”: “un espejo paseándose a lo largo de un camino”. Un camino de hierro, en este caso,  que comienza en Sigüenza y finaliza en Alcalá de Henares. Y cuyo paisaje se va reflejando especularmente durante el trayecto como si fuera otro personaje más. Eso, desde luego, lo percibe el lector desde la primera página hasta la última y con los cinco sentidos. “El Ruta” va recorriendo, en su viaje alrededor de sí mismo, una amplia zona de la provincia de Guadalajara  ─trasunto geográfico a escala reducida de la España de siempre─ y ese paisaje se nos muestra con una fuerza sensorial fuera de lo común. Yo diría que se le puede ver, oír, oler, saborear y palpar. Eso es algo que ha desaparecido ya de la mayor parte de la narrativa española actual, mucho más atenta a las sugerencias abstractas del mundo virtual y las realidades paralelas de Matrix que a  los personajes de carne y hueso. Pero a mí esta recuperación poética que en “El Ruta”  hace Fidel Vela del paisaje como generador de emociones, me parece un acto de justicia literaria y un gesto de valor. Corren tiempos en los que el canon novelístico imperante anda empeñado en primar argumentos proyectados sobre trasfondos “negros” ─muy desteñidos por culpa de su desproporcionada mezcla con el color rojo dogmático─ o sobre ambientes incoloros, inodoros e insípidos en los que interesa exclusivamente el ombliguista paisaje interior de los personajes.
   “El Ruta”, por el contrario, sigue otro rumbo. Aunque rinde tributo ─incluso estilístico─ al realismo social de otra época,  no se deja arrastrar por las rutinas de modelos caducos. La novela empieza siendo una historia ambientada en los mesetarios años sesenta, época que nuestra olvidadiza democracia ha decidido arrojar al museo-contenedor de los materiales desechables. De hecho, esta historia incluye todo un inventario sentimental de cuanto ha sido borrado deliberadamente de nuestra memoria: huertas rurales recalificadas por la voracidad especulativa, trenes de mercancías comarcales enviados al elefancíaco cementerio de los chatarreros, oficios ligados al mundo ferroviario que han sido suprimidos en aras de la tecnología-punta, esperanzas estafadas a generaciones enteras que confiaban ingenuamente en que las grandes palabras no estarían vacías como el tramposo cubilete del trilero. Así que, en esas condiciones, lo previsible hubiera sido que “El Ruta” acabara siendo un relato crepuscular más, otro menú del día para consumo de nostálgicos; algo así como una pila nueva para los relojes atrasados de esos ancianos que enferman de melancolía. Al fin y al cabo, ya se sabe, se canta lo que se pierde. Pero nada de eso se van a encontrar aquellos que lean estas páginas. El tren de “El Ruta” avanza a su aire; se detiene o vuelve a ponerse en marcha según su propio plan de ruta secreto que los lectores van descubriendo, kilómetro a kilómetro, de esa vía que no está muerta ni viva sino todo lo contrario. Sorprende la violencia subterránea de su argumento, seca y contundente como un gancho de boxeador profesional. Emociona la fuerza lírica de esas descripciones sobre ciertas maniobras técnicas, en las que el autor logra sacar brillo de ámbar hasta del mismísimo carbón que alimenta la máquina, y como no recordábamos desde los versos de Neruda y Celaya. Sobrecoge la vigencia demoledora de su alegoría; esa puñetera actualidad de su metáfora que, salvando las distancias, aparenta hablarnos del ayer para sugerirnos muchos de los eternos problemas pendientes.
   “El Ruta” es el nombre de un tren de mercancías comarcal de aquellos que llevaban a bordo su propio grupo de trabajadores especializados en las diferentes maniobras del sistema. Tren y ocupantes se embarcan en un viaje físico y moral ─como lo son todos─ sólo que esta vez ese desplazamiento tiene lugar, curiosamente, en un entorno de foto-fija; dentro de un escenario social totalmente inmovilizado porque alguien decidió en su momento accionar el freno principal, el de la Historia. Demasiado parecido con  nuestro “aquí y ahora” para ser casual.
    Balta, Ramírez, el Madrí, Benavides, Sergio, El Andaluz, todos ellos aparecen a los ojos del lector con su bagaje de antihéroes a sueldo. Son mitad samaritanos y mitad mercenarios que asumen la responsabilidad solidaria de transportar la peligrosa carga de un compañero gravemente enfermo, igual que aquellos camioneros de la película “El salario del miedo”, eran contratados para transportar nitroglicerina líquida a través del desierto. Compromisos de esos que nunca salen gratis porque tienen sus consecuencias y ninguna es buena. 
     Yo creo que “El Ruta” habla de todo esto  con una voz personal y comprometida con la literatura. Puestos a sacarle punta al libro, se le podría acusar ─un cargo para enorgullecerse, indudablemente─ de ser heredero y tributario del más importante de nuestros clásicos. Lo digo porque leyendo esta novela uno tiene, a veces, la impresión de que por sus páginas merodean los espíritus parejos de Don Quijote  y Sancho Panza, dedicados a calentar la cabeza de los protagonistas con sus sabidurías inmortales acerca del misterio de la condición humana. Igual que aquellos apuntadores antiguos ayudaban a los actores a lo largo de la función de teatro, siempre en voz baja. No tanto para recordarles el texto de la obra ─cuando se quedaban con la mente en blanco─, como para ayudarles a explicarse ante el público. Es decir, a entenderse a sí mismos. En este sentido me viene a la memoria esa espléndida anécdota, mediada la novela, en la que un maestro jubilado, y medio orate, se empeña en razonar muy seriamente ante sus interlocutores que el río Henares desemboca en el Océano Atlántico. Porque, creo que no lo he contado aún, el argumento de “El Ruta” sigue el curso entrañable de ese río ─tan maltratado desde siempre por casi todos, incluidos aquellos que presumen de defenderlo─ y acaba desembocando en un desenlace inevitable como en las tragedias griegas. Después de todo, el viaje de “El Ruta” es un trozo de vida y a estas alturas ya todos deberíamos saber que la vida mata.
     Aunque ese desenlace sea el eslabón final de una larga cadena que empezó con un mono levantándose para mirar el horizonte y todo apunte a que nunca llegará a erguirse del todo. Se lo impide esa cadena ─circular, cerrada, viciosa─ en la que cada vez resulta más difícil distinguir la menor diferencia entre el primer eslabón y el último. 
                                                                                                                                                                                                           SERGIO COELLO

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