HUMO, SUDOR Y HIERRO
Lo
primero que pensé al terminar de leer “El Ruta” es que tanto la novela
como su autor, Fidel Vela, se mueven con una saludable independencia respecto
de las modas literarias. Habrá quien diga que así se corre un riesgo
innecesario (comercial, se entiende). Es posible, no lo sé. De lo que sí estoy
convencido es de que esa independencia (de fondo y de forma) es sincera y
propia de escritores maduros, con una cierta edad. Historias como ésta ─no
autobiográfica, precisamente─ sólo pueden salir de la cabeza y el corazón de
uno de esos escritores ─alejados del ambicioso apremio de la impaciencia
juvenil─ que se deciden a contar lo que
han vivido y conocen. Ya saben, tipos que jamás perderían el tiempo hablando de
lo que lograrán ser cuando el mundo ruede de otra manera.
“El Ruta” es una novela sthendaliana y responde fielmente a la definición que del
género dio el genial autor de “El rojo y el negro”: “un
espejo paseándose a lo largo de un camino”. Un camino de hierro, en
este caso, que comienza en Sigüenza y
finaliza en Alcalá de Henares. Y cuyo paisaje se va reflejando especularmente
durante el trayecto como si fuera otro personaje más. Eso, desde luego, lo
percibe el lector desde la primera página hasta la última y con los cinco
sentidos. “El Ruta” va recorriendo, en su viaje alrededor de sí mismo,
una amplia zona de la provincia de Guadalajara
─trasunto geográfico a escala reducida de la España de siempre─ y ese
paisaje se nos muestra con una fuerza sensorial fuera de lo común. Yo diría que
se le puede ver, oír, oler, saborear y palpar. Eso es algo que ha desaparecido
ya de la mayor parte de la narrativa española actual, mucho más atenta a las
sugerencias abstractas del mundo virtual y las realidades paralelas de Matrix
que a los personajes de carne y
hueso. Pero a mí esta recuperación poética que en “El Ruta” hace Fidel Vela del paisaje como generador de
emociones, me parece un acto de justicia literaria y un gesto de valor. Corren
tiempos en los que el canon novelístico imperante anda empeñado en primar
argumentos proyectados sobre trasfondos “negros” ─muy desteñidos por culpa de
su desproporcionada mezcla con el color rojo dogmático─ o sobre ambientes
incoloros, inodoros e insípidos en los que interesa exclusivamente el
ombliguista paisaje interior de los personajes.
“El Ruta”, por el contrario, sigue otro rumbo. Aunque rinde
tributo ─incluso estilístico─ al realismo social de otra época, no se deja arrastrar por las rutinas de
modelos caducos. La novela empieza siendo una historia ambientada en los mesetarios
años sesenta, época que nuestra olvidadiza democracia ha decidido arrojar al
museo-contenedor de los materiales desechables. De hecho, esta historia incluye
todo un inventario sentimental de cuanto ha sido borrado deliberadamente de
nuestra memoria: huertas rurales recalificadas por la voracidad especulativa,
trenes de mercancías comarcales enviados al elefancíaco cementerio de los
chatarreros, oficios ligados al mundo ferroviario que han sido suprimidos en
aras de la tecnología-punta, esperanzas estafadas a generaciones enteras que
confiaban ingenuamente en que las grandes palabras no estarían vacías como el
tramposo cubilete del trilero. Así que, en esas condiciones, lo previsible
hubiera sido que “El Ruta” acabara siendo un relato crepuscular más, otro menú
del día para consumo de nostálgicos; algo así como una pila nueva para los
relojes atrasados de esos ancianos que enferman de melancolía. Al fin y al
cabo, ya se sabe, se canta lo que se pierde. Pero nada de eso se van a
encontrar aquellos que lean estas páginas. El tren de “El Ruta” avanza a su
aire; se detiene o vuelve a ponerse en marcha según su propio plan de ruta
secreto que los lectores van descubriendo, kilómetro a kilómetro, de esa vía
que no está muerta ni viva sino todo lo contrario. Sorprende la violencia
subterránea de su argumento, seca y contundente como un gancho de boxeador
profesional. Emociona la fuerza lírica de esas descripciones sobre ciertas
maniobras técnicas, en las que el autor logra sacar brillo de ámbar hasta del
mismísimo carbón que alimenta la máquina, y como no recordábamos desde los
versos de Neruda y Celaya. Sobrecoge la vigencia demoledora de su alegoría; esa
puñetera actualidad de su metáfora que, salvando las distancias, aparenta
hablarnos del ayer para sugerirnos muchos de los eternos problemas pendientes.
“El Ruta” es el nombre de un tren de mercancías comarcal de
aquellos que llevaban a bordo su propio grupo de trabajadores especializados en
las diferentes maniobras del sistema. Tren y ocupantes se embarcan en un viaje
físico y moral ─como lo son todos─ sólo que esta vez ese desplazamiento tiene
lugar, curiosamente, en un entorno de foto-fija; dentro de un escenario social
totalmente inmovilizado porque alguien decidió en su momento accionar el freno
principal, el de la Historia. Demasiado parecido con nuestro “aquí y ahora” para ser casual.
Balta, Ramírez, el Madrí, Benavides,
Sergio, El Andaluz, todos ellos aparecen a los ojos del lector con su bagaje de
antihéroes a sueldo. Son mitad samaritanos y mitad mercenarios que asumen la
responsabilidad solidaria de transportar la peligrosa carga de un compañero
gravemente enfermo, igual que aquellos camioneros de la película “El
salario del miedo”, eran contratados para transportar nitroglicerina
líquida a través del desierto. Compromisos de esos que nunca salen gratis
porque tienen sus consecuencias y ninguna es buena.
Yo creo que “El Ruta” habla de todo
esto con una voz personal y comprometida
con la literatura. Puestos a sacarle punta al libro, se le podría acusar ─un
cargo para enorgullecerse, indudablemente─ de ser heredero y tributario del más
importante de nuestros clásicos. Lo digo porque leyendo esta novela uno tiene,
a veces, la impresión de que por sus páginas merodean los espíritus parejos de
Don Quijote y Sancho Panza, dedicados a
calentar la cabeza de los protagonistas con sus sabidurías inmortales acerca
del misterio de la condición humana. Igual que aquellos apuntadores antiguos
ayudaban a los actores a lo largo de la función de teatro, siempre en voz baja.
No tanto para recordarles el texto de la obra ─cuando se quedaban con la mente
en blanco─, como para ayudarles a explicarse ante el público. Es decir, a
entenderse a sí mismos. En este sentido me viene a la memoria esa espléndida
anécdota, mediada la novela, en la que un maestro jubilado, y medio orate, se
empeña en razonar muy seriamente ante sus interlocutores que el río Henares
desemboca en el Océano Atlántico. Porque, creo que no lo he contado aún, el
argumento de “El Ruta” sigue el curso entrañable de ese río ─tan maltratado
desde siempre por casi todos, incluidos aquellos que presumen de defenderlo─ y
acaba desembocando en un desenlace inevitable como en las tragedias griegas.
Después de todo, el viaje de “El Ruta” es un trozo de vida y a
estas alturas ya todos deberíamos saber que la vida mata.
Aunque ese desenlace sea el eslabón final
de una larga cadena que empezó con un mono levantándose para mirar el horizonte
y todo apunte a que nunca llegará a erguirse del todo. Se lo impide esa cadena
─circular, cerrada, viciosa─ en la que cada vez resulta más difícil distinguir
la menor diferencia entre el primer eslabón y el último.
SERGIO
COELLO
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