lunes, 8 de enero de 2018



               A PROPÓSITO DE POR TIERRAS DE GUADALAJARA Y SORIA

         
          Pertenece Fidel Vela, por edad y formación, a esa generación de escritores denominada como “realistas críticos” o “novelistas sociales”, nacidos todos ellos antes de la guerra civil,  que empiezan a escribir a partir de 1950 y que tienen como denominador común una mirada crítica hacia el mundo concreto que les ha tocado vivir.
          Crítica e históricamente habría que incluirlo en la segunda generación o segundo grupo de estos narradores, nacidos entre 1930-1936, con Jesús López Pacheco, Daniel Sueiro, Mauro Muñiz, Juan Marsé, Ramón Nieto, Luis Goytisolo y Gonzalo Torrente Malvido entre otros.
          Para todos ellos, la guerra civil española, y su primera y difícil posguerra actuó como eficaz revulsivo. Merced a ello eligieron una actitud deliberada de denuncia social. Ahí encuadraríamos la novela del autor La consulta. La novela popular, 1965 y, desde luego este singular relato viajero, que ahora aparece pero fechado en 1957.
          A este singular grupo de escritores, hoy algo olvidados, les debemos sin embargo, y sobre todo a su intuición, la vuelta a la literatura viajera, sin continuadores, pero de significativa importancia en los primeros veinticinco años del siglo XX.
          Actuando en las tinieblas literarias de la posguerra, donde la literatura social y de compromiso de antes de la guerra había desparecido, intuitivamente, reiniciaron la novela social, tan importante entre nosotros entre los años 1928 y 1936. Asimismo y a ciegas, quizá impresionados por el brillo de El viaje a la Alcarria, de Cela,  reiniciaron la literatura de viajes, o el libro de viaje, desconociendo los claros antecedentes anteriores.
         Sin remontarnos a los viajes clásicos, al Quijote o al Lazarillo, en pleno siglo XX, Manuel Ciges Aparicio, escritor perteneciente a la generación del 98, publicó Los vencedores (1908) y Los vencidos (1910), dentro de un ciclo titulado “Las luchas de nuestros días”; reportajes novelísticos, libros de viajes y acercamiento a dos cuencas mineras españolas (Río Tinto y Asturias), llenos de sugerencias, narrados con un excepcional calor humano, auténticos, críticos, nos atreveríamos a decir que necesarios. Leerlos es volver a repasar un capítulo indeseable de la historia española. De la codicia humana, de la tristeza de unos hombres abandonados. Ejemplo de periodismo combativo, estos dos viajes, crean escuela e inician una corriente literaria que llega a nuestros días con Caminando por las Hurdes, de Ferres y López Salinas, Campos de Níjar, de Juan Goytisolo y este que hoy prologamos Por tierras de Guadalajara y Soria.
           Aproximadamente por las mismas fechas, otro gran escritor viajero Ciro Bayo y Segurota, publica dos obras singulares, El peregrino entretenido (1911) y Lazarillo español (1912). Estos dos no menos singulares libros, crean también escuela, y a su sombra nacen una serie de viajes más asépticos que los anteriores, más literarios (en el buen sentido de esta palabra), más despegados de la denuncia social y que encuentran en Cela su más destacado continuador.
          Pues bien, este grupo de escritores sociales, que desconocía estos brillantes antecedentes, reencuentra el libro de viajes como documento del estado en que se encuentran las zonas más deprimidas y olvidadas del país. Toda una interpretación de la geografía nacional.
          Todos estos libros, y claro está, el que hoy nos ocupa, tienen en común entre sí y con  sus antecesores, según el crítico Pablo Gil Casado: 1) un recorrido español determinado de antemano; 2) un propósito testimonial e intención crítica de denuncia; 3) veracidad y realidad precisas, limitadas por las condiciones de vida y por el ambiente, por el diálogo (muy importante en este tipo de libros) y por su unidad narrativa; 4) pintoresquismo expresado a través de “tipos”, indumentaria de las gentes, de sus viviendas, del aspecto de los pueblos y del paisaje y 5) estilo siempre basado en un realismo objetivo, en la instantánea descriptiva.
          Características que cumple con creces Por tierras de Guadalajara y Soria.
          Concretando fechas, veo, con asombro, que este libro de Fidel Vela es, sino el primero, sí de los primeros en escribirse. Está fechado en Sigüenza en 1957, algún año antes de la aparición de los más significativos en este género. Así, tanto Campos de Níjar, de Juan Goytisolo, como Caminando por las Hurdes, de Ferres y López Salinas, los más sobresalientes, están publicados en 1960.
          Se trata, en el fondo, de una aportación al conocimiento de la España de la posguerra, un trozo de la España olvidada y pobre, donde medio hambrea todo un pueblo.
          Como en los viejos libros de Ciges Aparicio, el autor podría muy bien haber contestado a la pregunta: “- ¿Y usted qué va a contarnos? – Sencillamente lo que vea”.
          El caminante acota un trozo de España repartido entre dos provincias pobres y olvidadas, Guadalajara, donde se inicia, y Soria, donde termina. Y se hace todo a pie, menos su inicio en coche de línea y su fin, en tren. El itinerario es caprichoso, quizá siguiendo la ruta del Mio Cid, que con las Notas de andar y ver, de Ortega y el machadiano Campos de Castilla, lleva en la maleta. 
         El escritor, como una cámara fotográfica, tratará que el relato lleve al lector a “sentir” como es la región, mediante la descripción del paisaje y a conocer a sus gentes, con sus pequeños problemas, su modo de pensar y el género de sus vidas.
“ –Reconozco –prosigue el viejo- que soy una carga para los hijos,  pero ellos tampoco se portan bien conmigo. Se lo leo en los ojos, para ellos sería un alivio que yo muriera pronto.
                            El viejo calla y toma una actitud reflexiva.
               - Y sería lo mejor que podía hacer.
  Al caminante se le parte el corazón. De pronto se da cuenta                que, en lo que va de viaje, se ha convertido en un paño de lágrimas. Sea por  la razón que fuere, siempre tropieza con gentes en situaciones comprometidas”.                                                                                               
          El diálogo juega aquí un papel determinante. Diría que es donde el libro alcanza sus mejores momentos. Son ellos los que nos dan la verdadera situación del paisanaje, y, como dijimos, los que dan pie a su velada crítica y constituyen el verdadero testimonio.
          Más cerca de la línea inaugurada por Ciro Bayo, vivimos algunas escenas romancescas o noveladas. Así, cuando lo confunden con un verdadero pobre de pedir.
“El caminante golpea con los nudillos en una puerta. A la llamada  acude un chico que baja los escalones atropelladamente.
- ¡Madre, un pobre! –grita, lanzando la voz escalera arriba. Sin apenas detenerse ni, por supuesto, saludar al caminante, se arroja a la calle oscura a todo correr                       
Baja una mujer vestida de negro.
-No son horas de venir a pedir –dice malhumorada. El caminante trata de explicarse, pero la mujer no le deja meter baza.
                         - Se pide a la luz del día.
                         - Mire, señora  voy de paso para Berlanga…
                         - ¡Tome!
                         Le entrega un buen cantero de pan, que el caminante acepta, y sin      
                         tiempo  para preguntar “¿qué le debo?”, la mujer vuelve a la carga”.
          
          El autor no olvida la indumentaria, la descripción del interior de las cantinas donde come o de las fondas donde duerme. Se describen las calles, las plazas, el aspecto de los edificios y el ambiente de los pueblos en general, así como el paisaje. La belleza o fealdad del campo aparecen también en estas páginas de geografía errabunda como las bautizó Cela, y que son indispensables en el género. Y todo ello narrado en un estilo directo, objetivo, fotográfico y lo más descriptivo posible.
          El prologuista suele distinguir entre escritores de “ida” y escritores de “regreso”. Los primeros comienzan a escribir muy jóvenes. Toman como consigna primero escribir, soñar la vida, y después vivir. Ejemplos de ellos podrían ser Rimbaud, Radiguet o Espronceda, y Camilo José Cela, en lo referente a literatura viajera.
          Los segundos, los de “regreso”, primero viven y luego, si es posible, escriben. Generalmente no comienzan su tarea hasta los cuarenta años o más. Sedentarios o peregrinos, se sumergen en el fondo del mundo y permanecen allí el mayor tiempo posible y después se lanzan a escribir sus recuerdos, sus viajes, pues para eso, para escribir, han vivido. El ejemplo más claro puede ser Cervantes, y Ciro Bayo en literatura de viajes.
          Pues bien, Fidel Vela pertenece y es un típico escritor de “ida”. Este libro se escribió a los veintitrés años y, caso curioso, durmió el sueño de los justos durante medio siglo. Y ahora que, por fin, aparece, podemos felicitarnos por ello. Se trata de un libro delicioso, de una atractiva ingenuidad y que cumple plenamente sus objetivos: inquietar al lector que al terminar sus páginas siente una profunda irritación contra una realidad, más que irritante, perturbadora.

                                                                                                                   José Esteban.

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