A PROPÓSITO DE POR TIERRAS DE GUADALAJARA Y SORIA
Pertenece Fidel Vela, por edad y formación, a esa generación de
escritores denominada como “realistas críticos” o “novelistas sociales”,
nacidos todos ellos antes de la guerra civil,
que empiezan a escribir a partir de 1950 y que tienen como denominador
común una mirada crítica hacia el mundo concreto que les ha tocado vivir.
Crítica e históricamente habría que incluirlo en la segunda generación o
segundo grupo de estos narradores, nacidos entre 1930-1936, con Jesús López
Pacheco, Daniel Sueiro, Mauro Muñiz, Juan Marsé, Ramón Nieto, Luis Goytisolo y
Gonzalo Torrente Malvido entre otros.
Para todos ellos, la guerra civil española, y su primera y difícil
posguerra actuó como eficaz revulsivo. Merced a ello eligieron una actitud
deliberada de denuncia social. Ahí encuadraríamos la novela del autor La consulta. La novela popular, 1965 y,
desde luego este singular relato viajero, que ahora aparece pero fechado en
1957.
A este singular grupo de escritores, hoy algo olvidados, les debemos sin
embargo, y sobre todo a su intuición, la vuelta a la literatura viajera, sin
continuadores, pero de significativa importancia en los primeros veinticinco años
del siglo XX.
Actuando en las tinieblas literarias de la posguerra, donde la
literatura social y de compromiso de antes de la guerra había desparecido,
intuitivamente, reiniciaron la novela social, tan importante entre nosotros
entre los años 1928 y 1936. Asimismo y a ciegas, quizá impresionados por el
brillo de El viaje a la Alcarria, de
Cela, reiniciaron la literatura de
viajes, o el libro de viaje, desconociendo los claros antecedentes anteriores.
Sin remontarnos a los viajes clásicos, al Quijote o al Lazarillo, en
pleno siglo XX, Manuel Ciges Aparicio, escritor perteneciente a la generación
del 98, publicó Los vencedores (1908)
y Los vencidos (1910), dentro de un
ciclo titulado “Las luchas de nuestros días”; reportajes novelísticos, libros
de viajes y acercamiento a dos cuencas mineras españolas (Río Tinto y
Asturias), llenos de sugerencias, narrados con un excepcional calor humano,
auténticos, críticos, nos atreveríamos a decir que necesarios. Leerlos es
volver a repasar un capítulo indeseable de la historia española. De la codicia
humana, de la tristeza de unos hombres abandonados. Ejemplo de periodismo
combativo, estos dos viajes, crean escuela e inician una corriente literaria
que llega a nuestros días con Caminando
por las Hurdes, de Ferres y López Salinas, Campos de Níjar, de Juan Goytisolo y este que hoy prologamos Por tierras de Guadalajara y Soria.
Aproximadamente
por las mismas fechas, otro gran escritor viajero Ciro Bayo y Segurota, publica
dos obras singulares, El peregrino
entretenido (1911) y Lazarillo
español (1912). Estos dos no menos singulares libros, crean también
escuela, y a su sombra nacen una serie de viajes más asépticos que los
anteriores, más literarios (en el buen sentido de esta palabra), más despegados
de la denuncia social y que encuentran en Cela su más destacado continuador.
Pues bien, este grupo de escritores sociales, que desconocía estos
brillantes antecedentes, reencuentra el libro de viajes como documento del
estado en que se encuentran las zonas más deprimidas y olvidadas del país. Toda
una interpretación de la geografía nacional.
Todos estos libros, y claro está, el que hoy nos ocupa, tienen en común
entre sí y con sus antecesores, según el
crítico Pablo Gil Casado: 1) un recorrido español determinado de antemano; 2)
un propósito testimonial e intención crítica de denuncia; 3) veracidad y
realidad precisas, limitadas por las condiciones de vida y por el ambiente, por
el diálogo (muy importante en este tipo de libros) y por su unidad narrativa;
4) pintoresquismo expresado a través de “tipos”, indumentaria de las gentes, de
sus viviendas, del aspecto de los pueblos y del paisaje y 5) estilo siempre
basado en un realismo objetivo, en la instantánea descriptiva.
Características que cumple con
creces Por tierras de Guadalajara y
Soria.
Concretando
fechas, veo, con asombro, que este libro de Fidel Vela es, sino el primero, sí
de los primeros en escribirse. Está fechado en Sigüenza en 1957, algún año
antes de la aparición de los más significativos en este género. Así, tanto Campos de Níjar, de Juan Goytisolo, como
Caminando por las Hurdes, de Ferres y
López Salinas, los más sobresalientes, están publicados en 1960.
Se trata, en el fondo, de una aportación al conocimiento de la España de
la posguerra, un trozo de la España olvidada y pobre, donde medio hambrea todo
un pueblo.
Como en los viejos libros de Ciges Aparicio, el autor podría muy bien
haber contestado a la pregunta: “- ¿Y usted qué va a contarnos? – Sencillamente
lo que vea”.
El caminante acota un trozo de España repartido entre dos provincias
pobres y olvidadas, Guadalajara, donde se inicia, y Soria, donde termina. Y se
hace todo a pie, menos su inicio en coche de línea y su fin, en tren. El
itinerario es caprichoso, quizá siguiendo la ruta del Mio Cid, que con las Notas de andar y ver, de Ortega y el
machadiano Campos de Castilla, lleva
en la maleta.
El escritor, como una cámara fotográfica, tratará que el relato lleve al
lector a “sentir” como es la región, mediante la descripción del paisaje y a
conocer a sus gentes, con sus pequeños problemas, su modo de pensar y el género
de sus vidas.
“ –Reconozco –prosigue el viejo- que soy una carga para los
hijos, pero ellos tampoco se portan bien
conmigo. Se lo leo en los ojos, para ellos sería un alivio que yo muriera
pronto.
El viejo calla y
toma una actitud reflexiva.
- Y sería lo mejor que podía
hacer.
Al caminante se le parte el corazón. De
pronto se da cuenta que,
en lo que va de viaje, se ha convertido en un paño de lágrimas. Sea por la razón que fuere, siempre tropieza con gentes
en situaciones comprometidas”.
El diálogo juega aquí un papel determinante. Diría que es donde el libro
alcanza sus mejores momentos. Son ellos los que nos dan la verdadera situación
del paisanaje, y, como dijimos, los que dan pie a su velada crítica y
constituyen el verdadero testimonio.
Más cerca de la línea inaugurada por Ciro Bayo, vivimos algunas escenas
romancescas o noveladas. Así, cuando lo confunden con un verdadero pobre de
pedir.
“El caminante golpea con los nudillos en una puerta. A la
llamada acude un chico que baja los
escalones atropelladamente.
- ¡Madre, un pobre! –grita, lanzando la voz escalera arriba. Sin
apenas detenerse ni, por supuesto, saludar al caminante, se arroja a la calle
oscura a todo correr
Baja una mujer vestida de negro.
-No son horas de venir a pedir –dice malhumorada. El caminante
trata de explicarse, pero la mujer no le deja meter baza.
- Se pide a la luz del
día.
- Mire, señora voy de paso para Berlanga…
- ¡Tome!
Le entrega un buen
cantero de pan, que el caminante acepta, y sin
tiempo para preguntar “¿qué le debo?”, la mujer
vuelve a la carga”.
El autor no olvida la indumentaria, la descripción del interior de las
cantinas donde come o de las fondas donde duerme. Se describen las calles, las
plazas, el aspecto de los edificios y el ambiente de los pueblos en general,
así como el paisaje. La belleza o fealdad del campo aparecen también en estas
páginas de geografía errabunda como las bautizó Cela, y que son indispensables
en el género. Y todo ello narrado en un estilo directo, objetivo, fotográfico y
lo más descriptivo posible.
El prologuista suele distinguir entre escritores de “ida” y escritores
de “regreso”. Los primeros comienzan a escribir muy jóvenes. Toman como
consigna primero escribir, soñar la vida, y después vivir. Ejemplos de ellos
podrían ser Rimbaud, Radiguet o Espronceda, y Camilo José Cela, en lo referente
a literatura viajera.
Los segundos, los de “regreso”, primero viven y luego, si es posible,
escriben. Generalmente no comienzan su tarea hasta los cuarenta años o más. Sedentarios
o peregrinos, se sumergen en el fondo del mundo y permanecen allí el mayor
tiempo posible y después se lanzan a escribir sus recuerdos, sus viajes, pues
para eso, para escribir, han vivido. El ejemplo más claro puede ser Cervantes,
y Ciro Bayo en literatura de viajes.
Pues bien, Fidel Vela pertenece y es un típico escritor de “ida”. Este
libro se escribió a los veintitrés años y, caso curioso, durmió el sueño de los
justos durante medio siglo. Y ahora que, por fin, aparece, podemos felicitarnos
por ello. Se trata de un libro delicioso, de una atractiva ingenuidad y que
cumple plenamente sus objetivos: inquietar al lector que al terminar sus
páginas siente una profunda irritación contra una realidad, más que irritante,
perturbadora.
José
Esteban.
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