lunes, 8 de enero de 2018



Fidel Vela ha escrito un nuevo libro en el que las conversaciones surgen espontáneas (por eso lo ha titulado Conversaciones en la ciudad de Alcalá de Henares que es la ciudad en la que vive desde hace años su merecida jubilación) puesto que el camino ayuda a ello y, la tarde soleada, acompaña al grupo de amigos que dialogan amistosamente y que, a través del diálogo pretenden encontrar “su” luz, la luz que, al tiempo, es la de todos los demás, los que solemos leer a primeras horas de la mañana la prensa recién escrita.
Con estas palabras podría haber nacido el comienzo de este pórtico que, como todos los demás, no pretende ser otra cosa que una forma de entrada al edificio del libro que, tú, desconocido lector, tal vez amable y comprensivo —si quieres— tienes delante de ti, a la espera de su lectura.
Te supongo un lector enterado de casi todo lo que viene acaeciendo diariamente en esta partícula que llamamos Tierra, aunque, en muchas ocasiones, acaso demasiadas, no sea más que una “bola” en la que pretendemos sobrevivir, junto a los otros —los demás, esos que están a nuestro lado, pero lejos—, a los múltiples y diversos hechos que, queramos o no, acaecen a pesar de o gracias a nosotros mismos.
Un grupo de amigos se junta en una ciudad —Alcalá de Henares, en este caso—  para pasear tranquilamente e intercambiar argumentos polifacéticos con los que tratar de autoconvencerse de que su paso por la mencionada “bola” tiene cierta importancia, aunque en realidad, quizá no la tenga y no sea para tanto, puesto que el Hombre (así, con mayúsculas), es capaz, según dicen, de las mayores aberraciones, pero también de las mayores grandezas…
Y me viene a la memoria uno de los más bellos poemas pindáricos: “Bendito el que con celeridad de pie y fortaleza de espíritu consigue con su esfuerzo las más altas cumbres”.
Los dialogantes, peripatéticos donde los haya a pesar del mal cardiaco de uno de ellos, me recuerdan aquellos programas de cuando la televisión era en blanco y negro que, según creo recordar, llevaban un título genérico que aludía nada menos que a Séneca, el maestro de Nerón.
En aquellos programas, breves pero serios, se hablaba de todo lo divino y humano que el franquismo permitía. Aquí, por comparación, sólo por comparación, repito, me he encontrado con un grupo de personas que hablan entre sí de todo, especialmente de lo que la prensa, la radio, la televisión y los demás medios quieren que se sepa, porque cuando se dice alguna cosa acerca de algo, se oculta mucho de ese algo o de otros laterales o coyunturales.
Tres amigos jubilados que “gastan” su tiempo, afortunadamente, dando cuenta de sus distintas formas de pensar, de sus pareceres. Esto es lo que los griegos consideraban algo fundamental para la cultura y para el desarrollo de su sociedad, de la de entonces, adaptada a las coordenadas espacio-temporales entonces reinantes.
Es un tema que aparece con frecuencia en el libro que comento, porque la historia, los hechos, el pasado, no debe juzgarse con ojos actuales, por eso, los conversadores, dialogantes, discutidores o como queramos denominarlos, van aportando sus granitos de arena al desarrollo de la historia que no llegaron a vivir, pero también de la que les ha tocado vivir, desde distintos puntos de vista; unos, basados en textos antiguos, más o menos cercanos en el tiempo, y otros, vividos personalmente e in situ.
En el libro se habla de todo, o casi de todo: profundamente se entra en el mundo de la religiosidad y de las religiones que, en consecuencia, poco o casi nada tiene que ver con “dios”, con el dios concepto del intelectual que no existe porque para que exista se necesitaría otro dios superior a él y, por lo tanto dejaría de serlo.
Quizá algún lector pudiera dejar a un lado el presente libro, pensando que está repleto de barbaridades ateas o carentes de sentido. Nada más lejos. Hay que pensar, además que estos discursos, representan años de trabajo y fueron recogidos poco a poco, sin orden ni concierto, a-cronológicamente, y que no son muestras de ciertas ligerezas: extra-filosóficas y extra-culturales, que tanto parecen brillar en la actualidad en los foros multitudinarios. Hoy, precisamente, que la cultura no sirve para mucho y se la ha convertido en un mero espectáculo de masas.
Hay, me gustaría mucho que lo comprobase el lector por sí mismo, un aspecto a destacar. Las historias que se narran, que se sacan a relucir, son generalmente pasadas, pero siempre hay un hoy, un hecho manifiesto, público, con el que se pueden comparar con otras de la actualidad, lo que viene a decirnos que la evolución no ha sido demasiada, a pesar de que, en muchas ocasiones, los contertulios convengan en que, tal o cual cosa, por mala que haya sido, con el paso del tiempo se ha magnificado y dignificado, por ejemplo la religión católica o la democracia, a pesar de sus graves faltas.
Eso lleva al trío “de filósofos” (pues que de ello se trata), a considerar los aspectos más variados de la vida: el mundo musulmán, la esclavitud, el feminismo, la ciencia y la fe… y, ¡claro está! siempre hay una contraposición y una comparación entre la leyenda “rosa”, de los “progres” y la leyenda “negra”, tradicional y del pasado, que la mayor parte de las veces nada tuvo que ver con la Historia de España y de los españoles, como así se demuestra en multitud de ocasiones con datos suficientes y fehacientes; así, el no-racismo de los españoles, o la consideración de que la expulsión de los judíos no se debió a los Reyes Católicos, sino a la obligación de éstos de acatar las órdenes del papado, puesto que se trataba de reyes que acataban la religión de Roma, algo que, debidamente actualizado, se podría comparar con algunas de las propuestas lanzadas por la canciller alemana Angela Merkel hacia los países que actualmente componen la Unión Europea, si es que desean seguir perteneciendo a este grupo.
Por eso y por todo lo anterior, tengo que decir que este libro, Conversaciones en la ciudad de Alcalá de Henares, me gusta y me atrevo a recomendarte su lectura, porque en él cada cual aporta su punto de vista y lo discute sin llegar nunca al grito estridente y maleducado de los participantes en los debates televisivos.
Temas modernos, universales y cotidianos que el hombre de la calle va sacando a colación cuando llega el momento oportuno, o cuando se lo permite la “moda” (que ya dejó de ser “la máxima frecuencia de un suceso aleatorio”, porque precisamente dejó de ser aleatorio), o cuando los medios de comunicación de masas, los mass media, quieran que aparezca públicamente, para así evitar otros más complicados y comprometidos.
   José Ramón López de los Mozos
                                                                          Guadalajara, 9 de abril de 2015


HUMO, SUDOR Y HIERRO

Lo  primero que pensé al terminar de leer “El Ruta” es que tanto la novela como su autor, Fidel Vela, se mueven con una saludable independencia respecto de las modas literarias. Habrá quien diga que así se corre un riesgo innecesario (comercial, se entiende). Es posible, no lo sé. De lo que sí estoy convencido es de que esa independencia (de fondo y de forma) es sincera y propia de escritores maduros, con una cierta edad. Historias como ésta ─no autobiográfica, precisamente─ sólo pueden salir de la cabeza y el corazón de uno de esos escritores ─alejados del ambicioso apremio de la impaciencia juvenil─  que se deciden a contar lo que han vivido y conocen. Ya saben, tipos que jamás perderían el tiempo hablando de lo que lograrán ser cuando el mundo ruede de otra manera. 
“El Ruta”  es una novela sthendaliana  y responde fielmente a la definición que del género dio el genial autor de “El rojo y el negro”: “un espejo paseándose a lo largo de un camino”. Un camino de hierro, en este caso,  que comienza en Sigüenza y finaliza en Alcalá de Henares. Y cuyo paisaje se va reflejando especularmente durante el trayecto como si fuera otro personaje más. Eso, desde luego, lo percibe el lector desde la primera página hasta la última y con los cinco sentidos. “El Ruta” va recorriendo, en su viaje alrededor de sí mismo, una amplia zona de la provincia de Guadalajara  ─trasunto geográfico a escala reducida de la España de siempre─ y ese paisaje se nos muestra con una fuerza sensorial fuera de lo común. Yo diría que se le puede ver, oír, oler, saborear y palpar. Eso es algo que ha desaparecido ya de la mayor parte de la narrativa española actual, mucho más atenta a las sugerencias abstractas del mundo virtual y las realidades paralelas de Matrix que a  los personajes de carne y hueso. Pero a mí esta recuperación poética que en “El Ruta”  hace Fidel Vela del paisaje como generador de emociones, me parece un acto de justicia literaria y un gesto de valor. Corren tiempos en los que el canon novelístico imperante anda empeñado en primar argumentos proyectados sobre trasfondos “negros” ─muy desteñidos por culpa de su desproporcionada mezcla con el color rojo dogmático─ o sobre ambientes incoloros, inodoros e insípidos en los que interesa exclusivamente el ombliguista paisaje interior de los personajes.
   “El Ruta”, por el contrario, sigue otro rumbo. Aunque rinde tributo ─incluso estilístico─ al realismo social de otra época,  no se deja arrastrar por las rutinas de modelos caducos. La novela empieza siendo una historia ambientada en los mesetarios años sesenta, época que nuestra olvidadiza democracia ha decidido arrojar al museo-contenedor de los materiales desechables. De hecho, esta historia incluye todo un inventario sentimental de cuanto ha sido borrado deliberadamente de nuestra memoria: huertas rurales recalificadas por la voracidad especulativa, trenes de mercancías comarcales enviados al elefancíaco cementerio de los chatarreros, oficios ligados al mundo ferroviario que han sido suprimidos en aras de la tecnología-punta, esperanzas estafadas a generaciones enteras que confiaban ingenuamente en que las grandes palabras no estarían vacías como el tramposo cubilete del trilero. Así que, en esas condiciones, lo previsible hubiera sido que “El Ruta” acabara siendo un relato crepuscular más, otro menú del día para consumo de nostálgicos; algo así como una pila nueva para los relojes atrasados de esos ancianos que enferman de melancolía. Al fin y al cabo, ya se sabe, se canta lo que se pierde. Pero nada de eso se van a encontrar aquellos que lean estas páginas. El tren de “El Ruta” avanza a su aire; se detiene o vuelve a ponerse en marcha según su propio plan de ruta secreto que los lectores van descubriendo, kilómetro a kilómetro, de esa vía que no está muerta ni viva sino todo lo contrario. Sorprende la violencia subterránea de su argumento, seca y contundente como un gancho de boxeador profesional. Emociona la fuerza lírica de esas descripciones sobre ciertas maniobras técnicas, en las que el autor logra sacar brillo de ámbar hasta del mismísimo carbón que alimenta la máquina, y como no recordábamos desde los versos de Neruda y Celaya. Sobrecoge la vigencia demoledora de su alegoría; esa puñetera actualidad de su metáfora que, salvando las distancias, aparenta hablarnos del ayer para sugerirnos muchos de los eternos problemas pendientes.
   “El Ruta” es el nombre de un tren de mercancías comarcal de aquellos que llevaban a bordo su propio grupo de trabajadores especializados en las diferentes maniobras del sistema. Tren y ocupantes se embarcan en un viaje físico y moral ─como lo son todos─ sólo que esta vez ese desplazamiento tiene lugar, curiosamente, en un entorno de foto-fija; dentro de un escenario social totalmente inmovilizado porque alguien decidió en su momento accionar el freno principal, el de la Historia. Demasiado parecido con  nuestro “aquí y ahora” para ser casual.
    Balta, Ramírez, el Madrí, Benavides, Sergio, El Andaluz, todos ellos aparecen a los ojos del lector con su bagaje de antihéroes a sueldo. Son mitad samaritanos y mitad mercenarios que asumen la responsabilidad solidaria de transportar la peligrosa carga de un compañero gravemente enfermo, igual que aquellos camioneros de la película “El salario del miedo”, eran contratados para transportar nitroglicerina líquida a través del desierto. Compromisos de esos que nunca salen gratis porque tienen sus consecuencias y ninguna es buena. 
     Yo creo que “El Ruta” habla de todo esto  con una voz personal y comprometida con la literatura. Puestos a sacarle punta al libro, se le podría acusar ─un cargo para enorgullecerse, indudablemente─ de ser heredero y tributario del más importante de nuestros clásicos. Lo digo porque leyendo esta novela uno tiene, a veces, la impresión de que por sus páginas merodean los espíritus parejos de Don Quijote  y Sancho Panza, dedicados a calentar la cabeza de los protagonistas con sus sabidurías inmortales acerca del misterio de la condición humana. Igual que aquellos apuntadores antiguos ayudaban a los actores a lo largo de la función de teatro, siempre en voz baja. No tanto para recordarles el texto de la obra ─cuando se quedaban con la mente en blanco─, como para ayudarles a explicarse ante el público. Es decir, a entenderse a sí mismos. En este sentido me viene a la memoria esa espléndida anécdota, mediada la novela, en la que un maestro jubilado, y medio orate, se empeña en razonar muy seriamente ante sus interlocutores que el río Henares desemboca en el Océano Atlántico. Porque, creo que no lo he contado aún, el argumento de “El Ruta” sigue el curso entrañable de ese río ─tan maltratado desde siempre por casi todos, incluidos aquellos que presumen de defenderlo─ y acaba desembocando en un desenlace inevitable como en las tragedias griegas. Después de todo, el viaje de “El Ruta” es un trozo de vida y a estas alturas ya todos deberíamos saber que la vida mata.
     Aunque ese desenlace sea el eslabón final de una larga cadena que empezó con un mono levantándose para mirar el horizonte y todo apunte a que nunca llegará a erguirse del todo. Se lo impide esa cadena ─circular, cerrada, viciosa─ en la que cada vez resulta más difícil distinguir la menor diferencia entre el primer eslabón y el último. 
                                                                                                                                                                                                           SERGIO COELLO


               A PROPÓSITO DE POR TIERRAS DE GUADALAJARA Y SORIA

         
          Pertenece Fidel Vela, por edad y formación, a esa generación de escritores denominada como “realistas críticos” o “novelistas sociales”, nacidos todos ellos antes de la guerra civil,  que empiezan a escribir a partir de 1950 y que tienen como denominador común una mirada crítica hacia el mundo concreto que les ha tocado vivir.
          Crítica e históricamente habría que incluirlo en la segunda generación o segundo grupo de estos narradores, nacidos entre 1930-1936, con Jesús López Pacheco, Daniel Sueiro, Mauro Muñiz, Juan Marsé, Ramón Nieto, Luis Goytisolo y Gonzalo Torrente Malvido entre otros.
          Para todos ellos, la guerra civil española, y su primera y difícil posguerra actuó como eficaz revulsivo. Merced a ello eligieron una actitud deliberada de denuncia social. Ahí encuadraríamos la novela del autor La consulta. La novela popular, 1965 y, desde luego este singular relato viajero, que ahora aparece pero fechado en 1957.
          A este singular grupo de escritores, hoy algo olvidados, les debemos sin embargo, y sobre todo a su intuición, la vuelta a la literatura viajera, sin continuadores, pero de significativa importancia en los primeros veinticinco años del siglo XX.
          Actuando en las tinieblas literarias de la posguerra, donde la literatura social y de compromiso de antes de la guerra había desparecido, intuitivamente, reiniciaron la novela social, tan importante entre nosotros entre los años 1928 y 1936. Asimismo y a ciegas, quizá impresionados por el brillo de El viaje a la Alcarria, de Cela,  reiniciaron la literatura de viajes, o el libro de viaje, desconociendo los claros antecedentes anteriores.
         Sin remontarnos a los viajes clásicos, al Quijote o al Lazarillo, en pleno siglo XX, Manuel Ciges Aparicio, escritor perteneciente a la generación del 98, publicó Los vencedores (1908) y Los vencidos (1910), dentro de un ciclo titulado “Las luchas de nuestros días”; reportajes novelísticos, libros de viajes y acercamiento a dos cuencas mineras españolas (Río Tinto y Asturias), llenos de sugerencias, narrados con un excepcional calor humano, auténticos, críticos, nos atreveríamos a decir que necesarios. Leerlos es volver a repasar un capítulo indeseable de la historia española. De la codicia humana, de la tristeza de unos hombres abandonados. Ejemplo de periodismo combativo, estos dos viajes, crean escuela e inician una corriente literaria que llega a nuestros días con Caminando por las Hurdes, de Ferres y López Salinas, Campos de Níjar, de Juan Goytisolo y este que hoy prologamos Por tierras de Guadalajara y Soria.
           Aproximadamente por las mismas fechas, otro gran escritor viajero Ciro Bayo y Segurota, publica dos obras singulares, El peregrino entretenido (1911) y Lazarillo español (1912). Estos dos no menos singulares libros, crean también escuela, y a su sombra nacen una serie de viajes más asépticos que los anteriores, más literarios (en el buen sentido de esta palabra), más despegados de la denuncia social y que encuentran en Cela su más destacado continuador.
          Pues bien, este grupo de escritores sociales, que desconocía estos brillantes antecedentes, reencuentra el libro de viajes como documento del estado en que se encuentran las zonas más deprimidas y olvidadas del país. Toda una interpretación de la geografía nacional.
          Todos estos libros, y claro está, el que hoy nos ocupa, tienen en común entre sí y con  sus antecesores, según el crítico Pablo Gil Casado: 1) un recorrido español determinado de antemano; 2) un propósito testimonial e intención crítica de denuncia; 3) veracidad y realidad precisas, limitadas por las condiciones de vida y por el ambiente, por el diálogo (muy importante en este tipo de libros) y por su unidad narrativa; 4) pintoresquismo expresado a través de “tipos”, indumentaria de las gentes, de sus viviendas, del aspecto de los pueblos y del paisaje y 5) estilo siempre basado en un realismo objetivo, en la instantánea descriptiva.
          Características que cumple con creces Por tierras de Guadalajara y Soria.
          Concretando fechas, veo, con asombro, que este libro de Fidel Vela es, sino el primero, sí de los primeros en escribirse. Está fechado en Sigüenza en 1957, algún año antes de la aparición de los más significativos en este género. Así, tanto Campos de Níjar, de Juan Goytisolo, como Caminando por las Hurdes, de Ferres y López Salinas, los más sobresalientes, están publicados en 1960.
          Se trata, en el fondo, de una aportación al conocimiento de la España de la posguerra, un trozo de la España olvidada y pobre, donde medio hambrea todo un pueblo.
          Como en los viejos libros de Ciges Aparicio, el autor podría muy bien haber contestado a la pregunta: “- ¿Y usted qué va a contarnos? – Sencillamente lo que vea”.
          El caminante acota un trozo de España repartido entre dos provincias pobres y olvidadas, Guadalajara, donde se inicia, y Soria, donde termina. Y se hace todo a pie, menos su inicio en coche de línea y su fin, en tren. El itinerario es caprichoso, quizá siguiendo la ruta del Mio Cid, que con las Notas de andar y ver, de Ortega y el machadiano Campos de Castilla, lleva en la maleta. 
         El escritor, como una cámara fotográfica, tratará que el relato lleve al lector a “sentir” como es la región, mediante la descripción del paisaje y a conocer a sus gentes, con sus pequeños problemas, su modo de pensar y el género de sus vidas.
“ –Reconozco –prosigue el viejo- que soy una carga para los hijos,  pero ellos tampoco se portan bien conmigo. Se lo leo en los ojos, para ellos sería un alivio que yo muriera pronto.
                            El viejo calla y toma una actitud reflexiva.
               - Y sería lo mejor que podía hacer.
  Al caminante se le parte el corazón. De pronto se da cuenta                que, en lo que va de viaje, se ha convertido en un paño de lágrimas. Sea por  la razón que fuere, siempre tropieza con gentes en situaciones comprometidas”.                                                                                               
          El diálogo juega aquí un papel determinante. Diría que es donde el libro alcanza sus mejores momentos. Son ellos los que nos dan la verdadera situación del paisanaje, y, como dijimos, los que dan pie a su velada crítica y constituyen el verdadero testimonio.
          Más cerca de la línea inaugurada por Ciro Bayo, vivimos algunas escenas romancescas o noveladas. Así, cuando lo confunden con un verdadero pobre de pedir.
“El caminante golpea con los nudillos en una puerta. A la llamada  acude un chico que baja los escalones atropelladamente.
- ¡Madre, un pobre! –grita, lanzando la voz escalera arriba. Sin apenas detenerse ni, por supuesto, saludar al caminante, se arroja a la calle oscura a todo correr                       
Baja una mujer vestida de negro.
-No son horas de venir a pedir –dice malhumorada. El caminante trata de explicarse, pero la mujer no le deja meter baza.
                         - Se pide a la luz del día.
                         - Mire, señora  voy de paso para Berlanga…
                         - ¡Tome!
                         Le entrega un buen cantero de pan, que el caminante acepta, y sin      
                         tiempo  para preguntar “¿qué le debo?”, la mujer vuelve a la carga”.
          
          El autor no olvida la indumentaria, la descripción del interior de las cantinas donde come o de las fondas donde duerme. Se describen las calles, las plazas, el aspecto de los edificios y el ambiente de los pueblos en general, así como el paisaje. La belleza o fealdad del campo aparecen también en estas páginas de geografía errabunda como las bautizó Cela, y que son indispensables en el género. Y todo ello narrado en un estilo directo, objetivo, fotográfico y lo más descriptivo posible.
          El prologuista suele distinguir entre escritores de “ida” y escritores de “regreso”. Los primeros comienzan a escribir muy jóvenes. Toman como consigna primero escribir, soñar la vida, y después vivir. Ejemplos de ellos podrían ser Rimbaud, Radiguet o Espronceda, y Camilo José Cela, en lo referente a literatura viajera.
          Los segundos, los de “regreso”, primero viven y luego, si es posible, escriben. Generalmente no comienzan su tarea hasta los cuarenta años o más. Sedentarios o peregrinos, se sumergen en el fondo del mundo y permanecen allí el mayor tiempo posible y después se lanzan a escribir sus recuerdos, sus viajes, pues para eso, para escribir, han vivido. El ejemplo más claro puede ser Cervantes, y Ciro Bayo en literatura de viajes.
          Pues bien, Fidel Vela pertenece y es un típico escritor de “ida”. Este libro se escribió a los veintitrés años y, caso curioso, durmió el sueño de los justos durante medio siglo. Y ahora que, por fin, aparece, podemos felicitarnos por ello. Se trata de un libro delicioso, de una atractiva ingenuidad y que cumple plenamente sus objetivos: inquietar al lector que al terminar sus páginas siente una profunda irritación contra una realidad, más que irritante, perturbadora.

                                                                                                                   José Esteban.


Vela, Fidel - Jesus felipe Martinez

www.jesusfelipe.es/fidel_vela.htm
—Permítame que me presente yo mismo. Me llamo Carles Junqueras y, desde hace tiempo, vengo en el deseo de hacerle una propuesta, una propuesta democrática, por supuesto. Una breve pausa y continuó: —Yo contrato todos mis viajes en su compañía y puedo asegurarle que jamás he tenido la más mínima queja.

CARTAS AL DIRECTOR | Opinión | Cartas al Director - Abc.es

www.abc.es › Hemeroteca › 02/04/2009
2 abr. 2009 - Ciencia y aborto. La declaración de Madrid contra el aborto firmada por 2.000 académicos ha provocado su contrapunto en otro documento titulado En ... desarrollo, salvo supuestos razonables, hasta tanto afloren nuevos descubrimientos científicos que nos aclaren tan controvertido asunto. Fidel Vela.