sábado, 2 de febrero de 2008

LAS APARIENCIAS ENGAÑAN

Durante la década de los sesenta, en pleno franquismo, muchos de los turistas extranjeros que visitaban España, principalmente en busca de sol y playa, a la vuelta a sus países de origen dudaban que en nuestro país hubiera realmente una dictadura, como de manera reiterada informaban los periódicos europeos Declaraban que la gente en España era amable y simpática; el alojamiento y la comida, francamente baratos; la paz e incluso la sana alegría reinaban en las calles; no se notaba represión alguna... Sin duda, los periódicos exageraban.
Estos ingenuos turistas trasmitían la experiencia individual del visitante ocasional, una visión alicorta e incompleta. En España, como todo el mundo sabe, en aquellos años existía una férrea dictadura que no se andaba con bromas con los disidentes. Un síndrome parecido, salvando las distancias, sufren algunos que visitan por unos días Barcelona. «La gente es amable; si les hablas en castellano, en castellano te contestan; quienes escriben en los periódicos distorsionan y exageran. Es imprescindible viajar para conocer por uno mismo, la realidad del lugar visitado». Viajar sí, pero algunos lo hacen como un baúl, añado yo, a juzgar por lo que cuentan. Los gérmenes y los virus no se perciben a simple vista, sino mediante la utilización de aparatos muy sofisticados.
Naturalmente, los catalanes son gente hospitalaria y afable, como lo eran aquellos españoles de la década de los sesenta que conocieron los turistas extranjeros, pero sobre ellos gravita —invisible para visitantes y para otros que prefieren cerrar los ojos y negar lo que denuncian los periódicos— un Estatuto intervencionista, aprobado solamente por un 36 % del electorado, que somete a muchos ciudadanos a una insoportable presión en cuestiones tan principales como el idioma, la cultura, la enseñanza. Evidentemente, el conflicto no aparece en la calle, sino en las disposiciones que contiene el Estatuto, redactado por y para el beneficio de los partidos políticos nacionalistas y aledaños ante la indiferencia de los ciudadanos.
En Cataluña está prohibido rotular el nombre de los establecimientos en castellano, lengua común para todos los españoles y cooficial en aquellas regiones con otro idioma. Recuérdese como ilustrativa anécdota, el caso de aquella modesta tienda de frutos secos que fue multada con 600 euros y apercibimiento de cierre si persistía en el delito de anunciarse en castellano. Paradójicamente sí se consiente el inglés, el alemán y hasta el chino. Toda la enseñanza, desde la guardería a la Universidad, se imparte en catalán, dedicando apenas dos horas a la semana para el español, lengua materna de la mitad de los catalanes. Hasta en el recreo de los colegios está castigado el uso del castellano. Numerosos padres elevan constantes protestas, incluso huelgas de hambre, para que sus hijos puedan estudiar en lengua castellana, y solamente reciben el menosprecio, cuando no la represión de las autoridades educativas.
Un ejemplo más de marginación y ostracismo de los muchos que vienen sufriendo los intelectuales, lo constituye el hecho de que en la feria del libro de Frankfurt, donde estaba invitada Cataluña, el gobierno de la Generalitat envió solamente a escritores de lengua catalana, discriminando por haber escrito su obra en castellano a autores universales como Eduardo Mendoza, Juan y Luis Goytisolo, Félix de Azúa, Albert Boadella, Juan Marsé, etc. Estos creadores han sido objeto de insultos, descalificaciones e incluso agresiones por no doblegarse a las doctrinas del nacionalismo obligatorio. El propio Albert Boadella ha publicado un libro titulado ¡Adiós Cataluña! asqueado de la política cultural impuesta por el nacionalismo imperante, manifestando que nunca volverá a representar sus obras en Cataluña, mientras persista la asfixiante censura institucional. Arcadi Espada tiene escrito otro libro que se titula La decadencia de Cataluña, donde incide, con demoledora precisión, sobre la pérdida de libertades y derechos en esa comunidad. En clave de humor, Juan Marsé, es autor de la famosa novela El amante bilingüe, llevada al cine por Vicente Aranda, que describe magistralmente el carácter grotesco de los puristas catalanes.
La lista de títulos de autores catalanes que critican la inquietante situación política y cultural, podría seguir indefinidamente. Introduciendo los matices a que haya lugar, estos autores están padeciendo en Cataluña, sobre determinados aspectos, igual o parecida suerte que Boris Pasternak o Alexandr Soljenitsin en la antigua Unión Soviética. Decididamente, en algunos territorios de este país, todavía se mantiene la vieja tradición de maltratar a nuestros escritores y artistas.
Y luego dicen reputados comentaristas políticos que tras aprobarse el Estatuto no ha pasado nada.
Para resaltar la percepción de la realidad y la apariencia, no resisto la tentación de relatar una nueva anécdota, en esta ocasión referida al País Vasco.
En los años del plomo, cuando morían asesinadas casi cien personas al año en el País Vasco, uno de los asistentes a una tertulia contaba entusiasmado su vista a San Sebastián. «Allí se vive con absoluta normalidad; es incierto, como informan los periódicos, que la gente ande a tiros por las esquinas; la gente es amable y se divierte de lo lindo como en cualquier otro sitio. Me lo he pasado en grande, por lo que pienso volver en cuanto pueda. Y comer, como en ninguna parte del mundo. Se come, de ensueño». Otro de los tertulianos reconoció: «No me extraña que se coma bien... Matan todos los días».
FIDEL VELA.

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