jueves, 10 de enero de 2008

LA FE DEL CONVERSO

Finalizada la legislatura, a modo de aviso para navegantes, es muy conveniente resaltar los episodios más significativos sucedidos a lo largo de los últimos cuatro años. En esta línea se emboca el presente trabajo y otros que vendrán
Tras el fracaso del mal llamado Proceso de Paz, se producen algunas reacciones del Gobierno, a mi entender, no del todo afortunadas ni creíbles. Su presidente sale a la palestra, aparentemente muy enfadado, se diría que muy indignado, diciendo en un tono altisonante y campanudo: «¡Seré implacable con los violentos»! A renglón seguido se deja ver la vicepresidenta declarando: «Al gobierno no le temblará la mano a la hora de aplicar la ley contra los violentos». Semanas después, todos los avisos, recomendaciones y anuncios institucionales que aparecen en los medios de difusión, ante la sorpresa general, son rubricados con la sonora expresión: «¡Gobierno de España!», cosa que no se había contemplado en los tres años anteriores. Este giro de ciento ochenta grados se inscribe, sin duda, en el burdo afán por establecer un contrapunto a los desvaríos protonacionalistas de algunas reformas estatutarias llevadas a cabo por el Gobierno.
Los citados episodios tienen el inconfundible tufillo del converso fingido, que exagera y se excede en sus manifestaciones de adhesión a su nueva fe, en el intento de mostrarse al exterior como el campeón en la defensa de los principios recientemente adquiridos para que nadie albergue la más mínima duda de su inquebrantable firmeza y lealtad.
Se excede el señor presidente al afirmar que «será implacable», como si antes no lo hubiera sido. Pero es que además, los poderes del Estado no deben ser implacables, sino justos, y la justicia es aplicada por los jueces con transparencia y serenidad.
Se excede la señora vicepresidenta cuando declara que al Gobierno «no le temblará la mano», porque esa expresión tiene reminiscencias de una época felizmente superada. El Gobierno está obligado a cumplir la ley con todo rigor y, ni en este ni en ningún otro caso, debe temblarle la mano si sus decisiones se corresponden con la legalidad vigente.
Cuando alguien siente la necesidad de apelar insistentemente al cumplimiento de lo obvio y, además, de manera tan enfática y reiterativa, manifiesta una percepción de incredulidad en su audiencia, percepción motivada acaso por hechos o comportamientos anteriores de dudosa ortodoxia.
Espero que nadie, por muy ingenuo que sea, llegue a confundir la retórica con la realidad.
FIDEL VELA.— fidelvela.blogstop.com
Difundido en prensa el 8/1/2008

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