viernes, 28 de diciembre de 2007

TROPEZAR EN LA MISMA PIEDRA


Dos socios firman un pacto para la gestión y gobierno de una determinada empresa. Pasado el tiempo, uno de ellos, unilateralmente y sin el consentimiento del otro, suscribe un nuevo pacto sobre la misma cosa y para los mismos objetivos con otros socios, pero modificando las cláusulas principales. Desde el punto de vista jurídico y también desde el sentido común, puede afirmarse que el pacto primitivo ha quedado sin efecto.
Este supuesto, ni más ni menos, viene a ser lo que Rodríguez Zapatero materializó respecto del Pacto por las libertades y contra el terrorismo, presentando en el Congreso la Resolución de mayo de 2005, que fue aprobada con el apoyo de todos los grupos nacionalistas presentes en la Cámara, quienes nunca se adhirieron, en sus casi cinco años de vigencia, al pacto citado. A nadie se le oculta que esta Resolución es una clara concesión, entre otras, al nacionalismo para alcanzar su apoyo parlamentario. Idéntico comportamiento tuvo el Partido Nacionalista Vasco con el Pacto de Ajuria Enea, suscribiendo el llamado Pacto de Estella junto a Herri Batasuna y ETA, lo que motivó la salida de los socialistas del gobierno vasco y la ruptura con el PP. Al parecer los acuerdos, entre políticos, se firman para no ser cumplidos.
A mayor abundamiento, me parece interesante resaltar una opinión vertida en aquel momento. Un periódico madrileño, El País, que suele avalar las decisiones del actual gobierno, publicó un editorial el 18 de mayo de 2005, a raíz de aprobarse la Resolución citada, con el acertado título: «Resolución y ruptura». El texto que sigue, no es menos ilustrativo. Cito algunas frases un tanto comprimidas, pero recomiendo al lector su lectura completa: «La astucia de incluir en el texto párrafos del Pacto de Ajuria Enea, firmado en su día por el PP, no ha sido una buena idea. El argumento del PP es precisamente que la experiencia que culminó en Argel y Zúrich, demostró la imposibilidad de alcanzar la paz por la vía negociadora; de ahí el Pacto Antiterrorista, para cerrar el paso a cualquier expectativa de diálogo con los terroristas. La ruptura de ese pacto sería una desgracia en la misma medida en que su existencia ha sido un éxito; las condiciones que hoy hacen verosímil la hipótesis de la derrota de ETA, son efecto en buena medida del entendimiento entre PP y PSOE». Lástima que estos lúcidos planteamientos se hayan olvidado tan pronto, porque, en efecto, aquel pacto hoy finiquitado, constituyó la medida política más eficaz jamás adoptada. Finaliza el escrito destacando que la dirección política de la lucha antiterrorista, según el Pacto, corresponde al gobierno y que, salvo vulneración flagrante, la oposición debe respaldar.
Esta es la cuestión. ¿Cabe mayor vulneración que la rescisión del contrato? ¿Cómo se puede exigir al socio desairado que cumpla las obligaciones contenidas en un pacto, si este pacto ha sido sustituido por otro diametralmente opuesto?
Tampoco se puede ignorar el discurso estridente del PP sobre el tema. Pero todo se reduce a palabras y palabras, más o menos gruesas y desafortunadas. Los hechos, al final, son los que importan. La ruptura del pacto se verifica con la Resolución de mayo de 2005, en un acto solemne e institucional en el Congreso de los Diputados, aprobada por todos los grupos nacionalistas, filonacionalistas y el PSOE, con la única oposición del PP. ¡Cuándo aprenderán los grandes partidos, que los apoyos prestados por los grupos nacionalistas en cuestiones de territorialidad y terrorismo, van siempre encaminados a debilitar el Estado de derecho!
Ya no vale apelar al Pacto por las libertades y contra el terrorismo, sencillamente, porque ha sido derogado por otro. El gobierno actual repite sin desmayo que cuando el PSOE estaba en la oposición, respaldó las decisiones de José María Aznar en la lucha antiterrorista. Hace algunos días, el ministro del Interior se jactaba de haber permanecido callado durante la tregua de 1998, mientras el Gobierno del PP procedía al acercamiento de presos y definía a ETA como Movimiento de Liberación Nacional Vasco. Muy mal hecho, señor Rubalcaba, por su complicidad deliberada. El deber de la oposición, no es callarse ante los despropósitos del Gobierno —que efectivamente lo eran, y en grado sumo— sino denunciarlos públicamente, máxime cuando medio país intuía que los terroristas nos tomaban el pelo —como en anteriores ocasiones— y que no se estaba constreñido por ningún acuerdo formal ni ley de partidos. Yo mismo publiqué una carta en la prensa local, mucho antes de que Mayor Oreja dijera aquello de «tregua-rampa», titulada Trucos donde ponía de relieve la mala fe del nacionalismo vasco y el engaño a que nos estaban sometiendo tanto ETA como el resto de los firmantes del Pacto de Estella. Nadie puede escudarse en los fracasos de anteriores gobiernos para justificar los errores propios.
Hay dos cuestiones en España, la territorialidad y el terrorismo, que no pueden ser afrontadas unilateralmente por uno sólo de los dos grandes partidos de implantación nacional. La confrontación entre PSOE y PP es el objetivo que siempre han perseguido los nacionalistas y, en particular, la banda ETA, porque de esta forma les será más fácil conseguir sus pretensiones.
Quienes desde un principio, con leyes y resoluciones, han venido destruyéndolos sistemáticamente, ahora ofrecen consensos por doquier, envenenados e imposibles, a sabiendas de que no podrán ser aceptados por el otro interlocutor. Como todos los Mesías e iluminados que en el mundo han sido, algún dirigente político, no ha venido a traer la paz, de momento, sino la división y el enfrentamiento entre demócratas.
Pese a todo, una vez embarcados en una aventura insensata que nunca debió iniciarse, ¡ojalá! tenga un resultado final satisfactorio. Que no se cumpla aquello de «quien mal empieza mal acaba».— FIDEL VELA.
Difundido el 9/11/2006

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