viernes, 28 de diciembre de 2007

SOCIALNACIONALISMO


Transcurridos más de dos años sin variar su política, puede afirmarse sin faltar a la verdad que el gobierno de Rodríguez Zapatero tiene un carácter netamente socialnacionalista. Desde el primer momento se observó su querencia nacionalista al pactar con Ezquerra Republicana y prometer a bombo y platillo suculentos Estatutos. Todas las leyes aprobadas en la pasada legislatura, especialmente las más importantes, como el Estatuto de Cataluña, los Presupuestos y la Resolución para entablar un diálogo con ETA, lo han sido gracias al apoyo prestado por la mayoría de los grupos nacionalistas presentes en el Congreso. La citada Resolución viene a sustituir al Pacto por las libertades y contra el terrorismo —la medida política más efectiva— suscrito por socialistas y populares a la que nunca se adhirieron los nacionalistas. Y para que no haya duda, esta circunstancia se da en varias comunidades autónomas donde gobierna el PSOE. En Galicia existe un gobierno de coalición con el Bloque Nacionalista Gallego, grupo que ostenta la vicepresidencia y un buen número de consejeros. Pascual Maragall, merced al pacto con el partido ultranacionalista Ezquerra Republicana, logró ser presidente de la Generalitat. Tras las recientes elecciones catalanas, Montilla reincide en una fórmula fracasada. Algo muy parecido sucede en Asturias y Aragón. Para rematar la faena, desde hace tiempo, el PSE está buscando desesperadamente un abrupto y obsceno maridaje con Herri Batasuna al objeto de conseguir el poder en el País Vasco, y de forma muy especial en Navarra, de cuyo amancebamiento podría derivarse la anexión democrática de esta última Comunidad a esa entelequia llamada Euskal Herria.
Conociendo la deslealtad y el permanente acoso de los nacionalistas al Estado, resulta lógico que muchos ciudadanos recelen de la política territorial seguida por este gobierno, fundamentada básicamente en la complicidad con el nacionalismo periférico que, no lo olvidemos, su objetivo último es la independencia. ¿Cómo es posible tomar decisiones, que en teoría deben beneficiar a todo el país, con la ayuda de quienes precisamente se empeñan en dinamitarlo? Esta es la pregunta que inquieta a los ciudadanos, de donde nace su desconfianza.
Por ejemplo, esta desaforada descentralización a la que asistimos en España, que está dejando al Estado en el puro esqueleto y enfrentando a los territorios, sólo puede ser debida a la presión implacable de los nacionalistas. Porque en nuestro entorno geopolítico suceden las cosas al revés. En Italia, es precisamente la izquierda quien ha frenado la descentralización propuesta por la derecha de Berlusconi y la ultraderechista Liga Norte, aduciendo con razón, que esa medida perjudica a las regiones más pobres y divide al país. Alemania, con un gobierno de coalición, donde está presente la izquierda, se halla en trámite parlamentario para recortar drásticamente las competencias de los estados federales, al haberse demostrado su ineficacia económica, social y política. Lo mismo sucede en Francia, Bélgica o Portugal, donde la Constitución hasta prohíbe los partidos regionales o locales. Los países de todo el mundo intentan establecer asociaciones supranacionales: Mercosur, Unión Europea, etc. Las grandes empresas, que funcionan con racionalidad y eficacia —lo estamos viendo a diario—, tienden a concentrarse.
Sin embargo, en España, esta izquierda desorientada y oportunista, como auténticos camicaces, hace causa común con el nacionalismo más rancio y egoísta para debilitar el Estado y descuartizar el país, más de lo que ya está, hasta convertirlo en una confederación destructiva y cainita. Producto desgraciado del socialnacionalismo imperante.
Contrariamente a lo que nos predica el socialnacionalismo imperante, reducir el Estado de derecho a su mínima expresión, no ha sido nunca una opción del socialismo democrático. Es la derecha capitalista de ahora y de siempre la que intenta convertir al Estado en mero espectador de la actividad económica, adjudicándole en todo caso la condición de árbitro que garantice la seguridad jurídica de las transacciones, sin ninguna otra intervención en el desarrollo normal del mercado. Famosa es la invocación: «Dejar pasar, dejar hacer».
La izquierda, en cambio, necesita un Estado sólido, con poder suficiente para garantizar una justa distribución de la riqueza que el mercado, por su propia naturaleza, es incapaz de llevar a cabo. Se deduce, por tanto, que el progresivo adelgazamiento del Estado, por una u otra vía, que últimamente se está perpetrando, se inspira en ideas del capitalismo eterno.—FIDEL VELA.
Difundido el 22/11/2006

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