Hojeaba el periódico mientras me tomaba el café en la barra, cuando se me acercó un sujeto peguntando: «Usted trabaja en Viajes Total, ¿verdad?». Le había visto algunas veces en el bar, pero nunca intercambié una sola palabra con él. Tras confirmarle su certeza, prosiguió:
—Permítame que me presente yo mismo. Me llamo Pascual Ibarreche y, desde hace tiempo, vengo en el deseo de hacerle una propuesta, una propuesta democrática, por supuesto.
Una breve pausa y continuó:
—Yo contrato todos mis viajes en su compañía y puedo asegurarle que jamás he tenido la más mínima queja. El itinerario de ruta, los hoteles, el transporte, las visitas, los horarios... todo se cumple con arreglo al programa previsto. Es una maravilla. Por supuesto, siempre surgen algunos metepatas que no encuentran nada a su gusto, en particular la comida, que la consideran insuficiente. Hay gentes que salen de viaje con la única intención de llenar la andorga o de cepillarse a cualquier mujer, soltera o casada, que ande suelta por ahí. Los monumentos, la historia, el paisaje, las obras de arte, les traen sin cuidado. En mi último viaje, precisamente a Italia, un individuo malencarado intentó agredir al guía de la expedición porque las comidas, según él, eran malas y escasas. Es que las personas no somos dialogantes. Queremos lograr nuestros objetivos avasallando a los demás, por la intimidación de la fuerza y la violencia más elemental, olvidándonos de esa herramienta tan preciosa que es el diálogo
—Hay gente pa tó —dije en broma parodiando la frase del torero.
—Ni que lo diga. Debemos tomar el viaje como lo que es, una verdadera fiesta, la mejor de todas. Aparte de las cosas que ves... conoces a otras gentes, haces nuevas amistades y se producen anécdotas y chascarrillos a lo largo del recorrido en verdad auténticamente divertidos. Entrando en el Vaticano me acordé del famoso comentario del humorista Gila: «Y empezaron con un pesebre». El grupo se desparramó por la basílica y a la salida cada cual confesaba lo que le había pedido a San Pedro: «Que su hijo aprobara el curso; que su hermana saliera bien de la operación de vesícula»... Una señora me preguntó qué había solicitado yo: «Que no pongan macarrones en las próximas comidas; nos salen por las orejas», le contesté.
El sujeto estalló en sonoras carcajadas.
—No me diga que no es una ocurrencia genial —me emplazó todavía riendo.
Sonreí levemente por mero compromiso a la vez que consultaba mi reloj.
—Por la tarde visitamos las Catacumbas, que es un laberinto de pasillos y galerías subterráneos, muy mal iluminados. Al cabo de un buen rato de caminar y caminar por aquellos lóbregos agujeros horadados bajo tierra, algunos del grupo andábamos bastante inquietos porque habíamos pasado por el mismo sitio en varias ocasiones. «A ver si este tío —por el guía— se ha perdido y no salimos de aquí en toda la vida». Al finalizar la visita, el guía nos reunió a todos antes de salir en una especie de rotonda, se encaramó en una tarima y nos instó a que le hiciéramos las preguntas que considerásemos oportunas para ampliar o aclarar nuestros conocimientos sobre las Catacumbas. Inmediatamente levanté el brazo. «¿Qué quiere saber?». Y yo le respondí: «¡Que cómo y cuándo salimos de aquí!».
El sujeto volvió a reír con renovados ímpetus. Yo consulté de nuevo mi reloj advirtiéndole:
—Excúseme, pero tengo que estar en la oficina a las cinco y se me hace tarde.
—Un segundo nada más —me rogó—, que le voy a contar la última. Estábamos en la sala donde se exhibe el David de Miguel Ángel, una estatua de lo menos cinco metros de altura. Me dirigí a la guía haciéndole la siguiente observación: «Oiga, si así de grande era David, ¡como sería Goliat!». Todos los allí presente celebraron mi ocurrencia, pero la guía cogió un mosqueo de campeonato. Sin embargo, algunas señoras salían comentando vulgaridades: «Grandes músculos, pero exigua colilla». «Mucha dinamita y poca mecha». De esta manera entiende la gente el arte. Una verdadera pena.
—Otro día continuaremos, pero el deber es el deber, le dije iniciando la salida del bar. Él me siguió hasta la puerta.
—Con el relato del viaje, se me ha olvidado lo principal. Yo le quería hacer una proposición razonable.
—¿Profesional?
—No. De carácter personal
—Bueno. En otra ocasión.
Así quedaron las cosas, pasé el fin de semana con la familia y me olvidé del asunto. No sucedió lo mismo con el sujeto de marras, que me esperaba el lunes, a la hora del café, en mi bar habitual. Me saludó efusivamente, como si fuéramos amigos de toda la vida que no nos hubiéramos visto en mucho tiempo. Se interesó por mi familia y por cómo lo había pasado el fin de semana. Me invitó a tomar café en la mesa del fondo. Una vez sentados y con los cafés humeantes sobre la mesa, en un tono menos festivo, me recordó:
—El viernes le anuncié que deseaba hacerle una proposición de carácter personal que, por supuesto, mantengo.
—Usted dirá.
—Ante todo, es mi deseo anticiparle que la actitud que más valoro en una persona es su capacidad de diálogo. La palabra, la comunicación, el debate sereno, la racionalidad en los argumentos, son mis señas de identidad. La violencia verbal conduce siempre a la violencia física. Vivimos afortunadamente en una democracia, lo que nos permite expresarnos libremente sin censuras ni cortapisas. Mire usted, si yo hubiera nacido noble, en mi escudo de armas figuraría de manera destacada la siguiente divisa: «Hablando se entiende la gente». Ya decía Churchill con gran sabiduría: «Es mejor chacharear que guerrear».
Tomó un sorbo de café antes de proseguir:
—En un régimen de libertades como el nuestro no cabe sobresaltarse ante propuestas o iniciativas por muy descabelladas que parezcan, siempre que se expongan con el debido respeto a los demás y sin obstaculizar el diálogo abierto. El diálogo por encima de todo. Luego, cada cual está en su perfecto derecho de aprobar o rechazar sin aspavientos aquello que se hubiere propuesto. En definitiva, hablando se entiende la gente.
—Por favor, vaya al grano, que a las cinco debo estar en la oficina —le apremié, pero él continuó como ignorando mi advertencia:
—En un trato donde una de las partes gana y la otra pierde, se evidencia que no ha existido el diálogo, sino la imposición o el engaño. Para que un acuerdo se considere verdaderamente equitativo es necesario que las dos partes dialogantes obtengan un beneficio. En conclusión, yo me presento a usted en son de paz, con la mano tendida; no está en mi intención hacerle ningún daño. Mi única pretensión se reduce a que debatamos con serenidad mi propuesta democrática; a iniciar una negociación amable entre iguales. Si acepta, se lo aseguro, los dos saldríamos ganando.
Miré de nuevo mi reloj de pulsera.
—Bien, vayamos al grano como usted dice. El otro día le vi en la piscina y, con toda sinceridad, sus carnes desnudas me resultaron especialmente apetitosas...
—¡Pare el carro, amigo! —le corté en seco—. Yo respeto la orientación sexual de cada uno, pero le advierto que se ha equivocado de persona. No soy homosexual. Así que doy por terminada mi conversación con usted, antes de que pasemos a mayores.
Me levanté llamando al camarero para abonarle la consumición.
—No se ponga así, señor mío, que no se trata de eso. Siéntese, por favor —me rogó con la mayor de las sonrisas—. Recuerde mi consigna: «Hablando se entiende la gente». Además, esta ronda corre de mi cuenta.
De súbito pensé que a lo mejor era un pintor y me quería para modelo.
—¿De qué se trata, entonces? —inquirí.
—Puesto que tiene prisa y no es posible un diálogo pausado, le voy a hablar con toda franqueza; eso sí, aunque en principio no pueda agradarle mi propuesta, prométame que lo pensará detenidamente. No quiero agobiarle con una respuesta rápida, pero tenga la seguridad de que si acepta, estoy dispuesto a entregar, a usted o a su familia, una cantidad verdaderamente sustanciosa. Estoy hablando de millones.
Hizo una pequeña pausa y continuó:
—Esta es mi propuesta: me gustaría que me donase su cuerpo para comérmelo.
Quedé unos instantes en suspenso, sin capacidad de reacción, dudando todavía de haber oído bien Solamente cuando el individuo justificó con toda naturalidad su increíble propuesta —«¿Qué le voy a hacer? Me gusta la carne humana como a otros el cordero o la langosta. Es una aspiración tan legítima como las demás»—, tomé conciencia de sus intenciones y conseguí articular:
—Pero, ¿qué dice? Que me quiere comer, ¿a mí?
—Como lo oye; eso sí, siempre que usted sienta el mismo placer al ser comido que yo al devorarlo, mediante una negociación tranquila entre personas civilizadas.
Sus palabras me produjeron una risa histérica.
—Está usted rematadamente loco —acerté a pronunciar.
—Y si no le apetece que me lo coma entero, me conformaría de momento con un brazo, una pierna, incluso sus partes geniales. Todo es cuestión de negociarlo serenamente.
Intuyendo que se me acercaba demasiado, le arreé semejante manotazo en pleno rostro que di con él en el suelo. «¡Váyase a tomar viento!», exclamé. Mientras esperaba de pie las vueltas del camarero, el tiparraco, sin modificar la posición en que había caído y palpándose la sangre que fluía de sus narices, me increpaba:
—Ya veo que no es una persona dialogante ni demócrata, porque prefiere la violencia a la paz y la palabra. Es usted un inmovilista, un autoritario de ideas fijas a quien le asustan la negociación y el diálogo; inseguro de sí mismo y carente de la suficiente valentía para llegar pacíficamente a un acuerdo justo
Salí del bar muy excitado y nervioso. Camino de la oficina, dándole vueltas a lo sucedido, me asaltó una fuerte inquietud. Giré sobre mis pasos y me dirigí a la comisaría más cercana donde denuncié el caso. Allí ya tenían noticias reiteradas del individuo. «Pero si no hay lesiones, nada podemos hacer», me dijeron. Unos días más tarde me hice con un arma defensiva de la que no me separo ni para ir al váter.
Difundido el 2/1/2006
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