viernes, 28 de diciembre de 2007

NACIONALISMOS PARALELOS


Los diversos nacionalismo que conocemos, del pasado y del presente, solamente se diferencian en el tamaño, en el poder y en algunas peculiaridades de carácter secundario. No son comparables, por citar un ejemplo, el nacionalismo nazi y el vasco. Aquél acumulaba un poder extraordinario. Alemania era una de las potencias económica y tecnológicamente más avanzadas de su época y con una población muy superior a la del País Vasco. Tenía capacidad suficiente para inferir daño al mundo entero, como así sucedió. El nacionalismo vasco se circunscribe a un territorio pequeño, cuya población no comparte en su totalidad el ideario nacionalista y además éste queda atemperado por la democracia española de la que forma parte. Sin duda ha producido daños, como todos los nacionalismos, pero infinitamente más pequeños que el nazismo.
Sin embargo, quitando tamaño, poder y acaso coyuntura, moderados o violentos, grandes o pequeños, en cuanto a ideología, todos los nacionalismos se parecen como un huevo a otro en lo esencial. Con gran visión de futuro así lo definía el prestigioso Royal Institute of International Affairs de Londres en su libro Nationalism de 1939: «Por la exaltación de la idea de nación y por su emocionalidad particularmente intensa como forma de sentimiento de grupo, el nacionalismo en general, es por definición agresivo, y difícilmente compatible, por ello, con la libertad individual y la democracia liberal».
He aquí unas cuantas característica comunes de los nacionalismos: Sacralización ciega y acrítica de la patria, por la que es lícito matar y honroso morir, sin que importe si la causa es justa o no; la patria siempre tiene razón, ocupa la centralidad de la vida; la patria está representada por los nacionalistas; los no nacionalistas se consideran enemigos de la Patria. Exaltación de sus glorias pasadas, generalmente batallas victoriosas y hasta perdidas. Glorificación de sus héroes, con frecuencia, puros mitos. Creencia indubitable de pertenecer a una raza superior. Identificación de un enemigo origen de todos sus males, al que se debe expulsar o exterminar. Conservación de sus viejas leyes y costumbres, aunque sean perversas, a fin de preservar una identidad eterna e inmutable, y por tanto negación del progreso. Lucha a muerte contra los ideales liberadores de la Revolución francesa y la Ilustración. Exclusión de todo aquel que no acepte la comunión nacionalista, es decir, xenofobia. Mantener la raza en su máxima pureza, expurgándola de todo elemento extraño: racismo (españolistas, judíos, charnegos). Considerar el lugar de nacimiento como el derecho y orgullo supremos del individuo (un alemán malo es mejor que un francés bueno; un terrorista vasco es preferible a un señor de Murcia). Estrecha comunión con la religión imperante (Franco bajo palio y monseñor Setién justificando la violencia y hasta amparándola). Utilización de la lengua como arma de distinción y combate. Avidez de expansión territorial: imperialismo (anexión de Navarra y provincias francesas en el caso vasco; en Cataluña, mapa de los Países catalanes, que incluye Valencia, Aragón y Baleares; los nacionalistas gallegos ya han puesto su mirada codiciosa sobre León y Asturias para arrearles algún mordisco territorial). Propagación de antiguos o nuevos agravios (victimismo), por lo general inexistentes, para justificar sus acciones. Deformación de la historia para hacerla coincidir con sus aspiraciones actuales: pueden remontarse a tiempos prehistóricos y episodios fabulosos (suevos, batalla de Arrigorriaga). Desprecio a las leyes nacionales e internacionales, al pensar que el territorio posee unos derechos históricos preexistentes, superiores a cualquier otra norma. El individuo nada vale por sí, sino como miembro de la tribu. La bandera, el idioma, el himno, la patria son valores religiosos sagrados e intocables. El nacionalismo halaga los más bajos instintos y promociona los sentimientos pasionales en contra del pensamiento y la razón. Repetición machacona de las mismas consignas año tras año, bajo una cosmovisión unidimensional y persistente (mientras los demás cambian al ritmo de la cultura sobrevenida, los nacionalistas siguen inalterables). Voluntad permanente de ser diferentes (Spain is diferent; hecho diferencial catalán), pero no una diferencia cualquiera, sino una diferencia excelsa, única.
Todo esto, sin pretensión exhaustiva, forma parte de las entrañas del nacionalismo. Dependiendo de la resistencia que encuentre, del contexto geopolítico e histórico donde se mueva, así se manifestará, más o menos explícito, más o menos larvado; moderado o violento. Pero la ideología persiste, se contagia y se propaga como la peste. Al observar que el nacionalismo obtiene frutos sustanciosos, otras regiones y partidos que antes no compartían esta ideología, propenden a imitarlo. El nacionalismo se comporta como los gases, si no encuentra resistencia, tiende a ocupar todo el espacio libre. A medida que progresivamente adquiere fuerza y poder, va perdiendo las letras finales hasta quedar reducido a las cuatro primeras: nazi. Para concluir, no me resisto a la tentación de transcribir un párrafo de Frank Kafka: «El nacionalismo es un sustituto de la religión. Cada uno de los que desfilan por las calles está llevando un ídolo consigo. Exteriormente parece pequeño y manejable. La gente lo ha ido modelando durante agradables veladas cerveceras a partir de la materia del miedo y su afán de notoriedad. Y, sin embargo, ese espantajo será nuestra cruz, pues no hay ídolos más voraces que esos gnomos asquerosos hechos de cerveza, saliva y papel de periódico»— FIDEL VELA.

Difundido el 18/6/2006

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