El más grave error de Rodríguez Zapatero, que recordaremos siempre para mal, consiste en haber emprendido y estimulado en solitario una operación de tanta envergadura y trascendencia como la reforma general de los estatutos autonómicos, desde una posición parlamentaria débil al no disfrutar de mayoría absoluta en el Congreso; circunstancia que le aboca, por necesidad ineludible, a buscar el apoyo, precisamente, en aquellos partidos nacionalistas que redactan y presentan las proyectos estatutarios, convirtiendo a estas formaciones políticas en juez y parte. Si a situación tan precaria y comprometida añadimos la exclusión deliberada del principal partido de la oposición, que representa a casi la mitad del electorado, los resultados serán todo menos buenos. Los anteriores estatutos se aprobaron con el acuerdo de todos los partidos con implantación nacional. El proceso en marcha, sin embargo, está siendo llevando a cabo de forma unilateral por el PSOE, en situación muy frágil, como se ha dicho. El Estatuto catalán ha sido más una consecuencia de los intereses y necesidades políticas del PSOE y PSC que una exigencia de los nacionalistas catalanes, y mucho menos de los ciudadanos, que no mostraban, antes de iniciarse el proceso, interés alguno por la reforma. Aquella frase nefasta: «Pascual, el Estatuto que salga del Parlamento catalán será el que se apruebe en el Congreso de Madrid», no se debió pronunciar nunca. Cierto es que se corrigió más tarde aplicando las famosas tres ces, pero la nieve ya estaba manchada. Invitar a los nacionalistas a presentar reivindicaciones y Estatutos sería como incitar al lobo a que degüelle las ovejas. El lobo lleva en sus genes el instinto de matar; no necesita estímulos. Hacer de Gorbachov y, además, sin causa, no parece la mejor de las apuestas. España no se rompe, todavía, pero se agrieta.— FIDEL VELA.
Difundido el 25/3/2006
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