El proyecto de Estatuto de Cataluña, recientemente admitido a trámite, es una gratuita alteración de la convivencia y un ataque frontal a la Constitución. Como militante socialista exijo a mi partido que enmiende a fondo, hasta dejarlo «limpio como la patena», en el Congreso de los Diputados, este aberrante proyecto.
Porque esta propuesta no es más que el producto de elucubraciones calenturientas de ignorantes y enredadores, de caudillos provincianos ávidos de poder y ansiosos de saltar a la fama como héroes locales, llevando a cabo experimentos insensatos y peligrosos a espaldas de los ciudadanos y contra sus inquietudes y sus necesidades reales. En nombre de una diversidad dudosa o inventada en la mayor parte de los casos, estos borrachos de nacionalismo, al borde del delírium tremens, se han confabulado para reventar un sólido proyecto en común de todos los españoles que, de conseguirlo, nos haría más débiles, nos haría más pobres, generando enfrentamientos indeseados y provocando el posible resurgimiento de nefastas ideologías que tanto esfuerzo nos ha costado erradicar.
Desde una perspectiva general, los políticos nacionalistas y sus contagiados son quienes están forzando el conflicto donde nunca lo hubo, creando tensiones en la ciudadanía, exagerando la diversidad entre territorios y elevando esta supuesta diferencia a la categoría de cuestión trascendental para adjudicarle un precio; quienes destruyen puentes y levantan muros.
Los políticos nacionalistas y sus imitadores propalan agravios imaginarios; tergiversan la historia; educan en el rencor; imponen la lengua con mano de hierro; resucitan injusticias históricas basadas en leyendas fantásticas; buscan identidades ficticias bajo las piedras; denuncian falsos expolios y silencian los beneficios obtenidos; incitan al odio y a la cizaña contra un centralismo inexistente que personalizan en Madrid; están empeñados en borrar lo que nos une y ensanchar lo que separa; jamás se conforman con su parte; reclaman sin cesar nuevos privilegios… Su insaciable voracidad no tiene límites.
Sin embargo, todo esto y mucho más, no sería lo peor. Grupos escindidos, pero actuando en nombre del nacionalismo, han dejado un inmenso reguero de sangre por toda España.
Con tales evidencias, parece mentira que a estas alturas haya partidos que, sin el menor rubor, se autoproclamen nacionalistas, conociendo además, por no citar otros, la trágica experiencia Yugoslava y los estragos que ocasionaron a mediados del siglo pasado los nacionalismos varios en Alemania, Italia, España y otros países.— FIDEL VELA.
Difundido el 25/10/05
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