viernes, 28 de diciembre de 2007

EMBRIONES


Existe un actor, hasta ayer desconocido, creo que llamado Pep Rubianes o Rufianes, que al parecer se está despachando a gusto en la televisión pública TV3, propiedad de la Generalitat de Cataluña, donde se le da mucha cancha. El individuo en cuestión (cito por lo oído en una radio, no textualmente) entre otras lindezas del mismo jaez escupió la siguiente: «A mí, España me suda la polla. Que se metan la puta España por el culo, que les explote y les cuelguen los cojones del campanario». Todo ello en horario infantil y aplaudido y jaleado por el público asistente al programa. Al día siguiente le tocó el turno al presidente de Extremadura Rodríguez Ibarra: «Rodríguez Ibarra es un tipo impresentable, un desgraciado y un desagradecido, como el perro rabioso que muerde la mano que le da de comer. Si no fuera por Cataluña, los extremeños serían un hatajo de muertos de hambre», así habló en medio del jolgorio general. Lo de España, siendo una zafiedad sin gracia, allá él, me importa menos, pero el desprecio manifestado hacia los extremeños, acusándolos de vivir a costa de Cataluña, aparte de incierto, es una expresión cruel y humillante propia de patronos esclavistas. De todo lo cual y de otras muestras se infiere que la llamada progresía se está deslizando, al confundir izquierda con nacionalismo, que es regresivo, hacia posiciones hondamente reaccionarias.
No estoy al tanto de lo que se dice en la COPE (por lo demás, cadena de radio privada) ya que nunca sintonizo esa emisora, pero dudo mucho que supere la bazofia de este niño progre, que va de rebelde a lo que se ve, rebelde de pega, pienso yo, porque suelta sus deposiciones diarreicas ante un público adicto y previamente convencido que le jalea con entusiasmo y celebra sus ocurrencias escatológicas como si fueran genialidades. Cabe preguntarse, ¿cómo una televisión pública permite reiteradamente actuaciones tan ramplonas? ¿Y cómo el público, que se le supone educado en los valores y el respeto democráticos, aplaude tales salidas de tono? Más allá del personaje, esto es lo verdaderamente preocupante.
Pero hay más, esta vez con otro protagonista, un tal Oriol Malló, que escribe en el diario Avui, participado con un 20% por la Generalitat de Cataluña y editado en lengua catalana. En un artículo publicado el 30 de junio de 2005 con el título Falangistas taxidermistas, arremete contra los miembros de la plataforma Ciudadanos de Cataluña —asociación que defiende la libertad lingüística y política, encabezada por Albert Boadella y otros escritores y artistas—, con estos alarmantes términos: «Boicoteémosles, marquémosles al rojo vivo, hagámosles la vida imposible para que sufran en carne propia aquello que ellos nos dieron cuando realmente mandaban. También queremos exterminarlos». Dirigiéndose a Boadella, le acusa: «No tuviste narices para matar a los militares que te perseguían». Habría que añadir que Boadella utiliza la palabra, no las pistolas.
Albert Boadella fue perseguido y encarcelado por el franquismo, como el propio articulista reconoce, ¿cómo se le puede imputar que entonces «mandaba realmente?». El bueno de Boadella no ha mandado nunca, como tampoco el resto de sus compañeros de plataforma. Al contrario, perseguido en la dictadura por sus feroces críticas al régimen, padeció y padece también el acoso inmisericorde de los nacionalistas catalanes, siendo él catalán de los pies a la cabeza, por ejercer su honestidad artística y personal ante los abusos e injusticias del nacionalismo. No se merece Albert Boadella este trato infame, uno de los más geniales autores de teatro, no sólo de España, sino del mundo entero, a la altura de Harold Pinter o Bertolt Brecht. En este país, no hemos tratado bien a nuestros genios, y seguimos igual a causa de la supervivencia del fanatismo, ayer religioso y hoy nacionalista, que no soporta al otro, al que profesa otras ideas y otros comportamientos.
De las inquietantes palabras del articulista, podemos deducir: Primero, que la idea de boicot a personas y cosas es muy anterior al tan famoso boicot del cava. Segundo, que estamos ante la presencia de un auténtico lenguaje nazi puro y duro. Recordemos que Hitler mandó pintar de amarillo las puertas de los domicilios donde vivían judíos, a fin de que la Gestapo los tuvieran permanentemente identificados para trasladarlos más tarde a los campos de exterminio. («Marquémosles al rojo vivo. Queremos exterminarlos», son las palabras del articulista). La coincidencia es tan precisa que no deja lugar a dudas sobre que el autor, al escribir su artículo, se estaba inspirando en la solución final nazi. ¡Atención! Esto es el huevo de la serpiente, el embrión maligno que, si se desarrolla, puede conducir a situaciones que no deseo nombrar. Decía Unamuno que el odio es la pasión más eficaz para congregar a la gente. ¿Sería demasiado atrevimiento sospechar que alguien delega en esta clase de individuos la realización del trabajo sucio, mientras las cabezas visibles nos doran la píldora?— FIDEL VELA.

Difundido el 8/2/2006

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